professor de matematicas

Durante una clase de matemáticas en la Universidad de Columbia, un estudiante llegó tarde y se encontró con dos problemas escritos en la pizarra. Creyendo que eran tarea, los copió rápidamente antes de que el profesor los borrara.

Esa noche, se puso a resolverlos. Eran extremadamente difíciles, mucho más que cualquier otro ejercicio de los que había visto antes. Aun así, no se rindió. Dedicó días enteros a pensar en ellos, noches sin dormir entre libros de texto y hojas llenas de anotaciones.

Finalmente, consiguió resolver uno. Redactó cuatro artículos detallando su razonamiento y soluciones, convencido de que había cumplido con una exigente tarea académica.

En la siguiente clase, se acercó al profesor con cierta incomodidad y preguntó por qué no habían revisado la tarea. El profesor lo miró sorprendido y le respondió:

—¿Tarea? Esos problemas no eran tarea. Eran ejemplos de problemas abiertos que nadie ha podido resolver hasta ahora.

El estudiante, desconcertado, se quedó en silencio.

Sin saberlo, había resuelto un problema que durante años había sido considerado imposible.

Ese estudiante era George Dantzig (1914-2005), quien más tarde se convertiría en uno de los matemáticos más influyentes del siglo XX. Su trabajo en programación lineal transformaría industrias enteras, desde la logística hasta la economía.

Pero lo más poderoso de esta historia no es el logro matemático en sí, sino la lección que encierra:

Muchas veces, lo que nos limita no es la dificultad de los problemas, sino nuestras creencias sobre ellos.

Dantzig logró lo impensable porque no sabía que era imposible. Su mente no estaba condicionada por la idea de fracaso. No hubo miedo, ni bloqueos mentales. Solo había una hoja con un problema por resolver.

¿Cuántas veces nos rendimos antes de intentar algo?

En el mundo de la educación, este relato nos invita a reflexionar sobre el poder de las expectativas. ¿Qué pasaría si dejáramos de advertir a nuestros estudiantes que algo es “difícil”? ¿Y si en lugar de decirles lo complicado que es un camino, les diéramos herramientas, motivación y confianza para recorrerlo?

Esta historia no es una simple anécdota. Es un recordatorio: la curiosidad, el esfuerzo y la perseverancia valen más que cualquier etiqueta que diga “imposible”.

Comparte esta historia. Puede que alguien necesite escuchar hoy que lo imposible... sólo es una palabra.

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